viernes, 20 de diciembre de 2013

La Navidad, más allá de las fronteras de la religión

Auca realizada por Juan Kruz Igerabide y Elena Odriozola a partir del libro Eguberria (San Sebastián: Nerea, 2012) y publicado a propósito de la exposición en el Centro Cultural Monte Hermoso de Vitoria.
Hace ya tres años que coordiné un número monográfico de la revista Educación y biblioteca dedicado a la Navidad (Puedes descargarlo aquí). No soy creyente y desde el ateísmo me resulta cuando menos problemático decidir qué hacer con las celebraciones y los ritos navideños. El tener una hija que disfruta plenamente con las fiestas, e incluso con los relatos cristianos, cambió mi modo de ver las cosas. Las preguntas que entonces me hice, aún hoy me las planteo:
¿Qué sentido tiene para una familia laica celebrar la Navidad?, ¿es legítimo apropiarse de una tradición de origen religioso y despojarla de esta condición?, ¿sobrevive su trasfondo simbólico si despojamos a esta festividad de su anclaje confesional?, ¿qué es exactamente lo que deseamos celebrar? y ¿qué es lo que queremos compartir con nuestros hijos?
De la investigación, conversaciones e intercambios que supuso la elaboración de este dossier y de la posterior recepción de la revista (en algunos casos muy acalorada) llegué dos conclusiones. La primera, es la certeza de que es importante darle continuidad a un legado cuyo valor, en mi opinión, trasciende lo confesional, atañe a la dimensión simbólica y constituye un pilar cultural. La segunda es que hoy más que nunca hay que reivindicar la libertad de conciencia, la libertad de credo y la libertad de pensamiento.

En este sentido, con el tiempo he sentido la necesidad de  reapropiarme de la Navidad. Hacerla de uno y recrear las tradiciones. No suelo encontrar muchas personas que compartan esta ideosincrancia. Sin embargo, el año pasado salió un libro que creo que va en esta dirección y en mi opinión no ha tenido la atención que merece. Detrás de él están Juan Kruz Igerabide y Elena Odriozola. Se titula, Eguberria y a pesar de la exactitud de su subtítulo: Tradiciones, canciones y cuentos navideños del País Vasco, hay algo en esta descripción que se queda fuera: la necesidad de sus autores de concebir la Navidad más allá de las fronteras de la religión y relacionarla tanto con el fenómeno astronómico que está a su base (el solsticio de invierno) como con las tradiciones vascas antiguas e incluso incorporar cantos e historias para una navidad laica. Todo ello, claro está, sin renunciar a narrar la historia del nacimiento de Jesús y, sobre todo, otorgándole una especial presencia al mismo acto de la transmición oral, representado en este caso por la relación entre una abuela a su nieta.

Aquel número de Educación y Biblioteca también incluía un especial sobre las aucas y aleluyas (aquí les ofrezco otra oportunidad para descargártelo). Una curiosa coincidencia, ya que con motivo de la exposición que el Centro Cultural Monte Hermoso le dedica al trabajo que hizo Elena Odriozola para este libro, ha publicado un auca en el que se  reordenan las ilustraciones de Eguberria y Juan Kruz aporta un nuevo texto.
Navidades y aucas, dos modos de dialogar con nuestro pasado y de brindarle a los niños la ocasión de experimentar  nuestras raíces y hacerse partícipes de una identidad compartida.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

De la tarea al libro: Recuerdos en el paladar

Libro Recuerdos en el paladar

Es significativo que las asignaciones que los estudiantes deben realizar en casa se llamen «deberes» o «tareas». Ambos términos implican tanto la obligatoriedad de la actividad, el trabajo estipulado externamente, así como el esfuerzo que requiere su realización. Así, parece que el deber se contrapone a lo que deseamos, a lo que nos resulta placentero y por eso es que, desde la escuela hasta la universidad, asumimos que las tareas son  “algo que hay que hacer”; así, sin más, porque nos los mandan y porque debemos obedecer.
Poco importa que tales asignaciones tengan poco o ningún sentido para nosotros, que repercutan poco o nada en un aprendizaje real, que sean motivo habitual de conflictos familiares, frustración y sensación de alienación y que detrás de ellos se refuercen estructuras de poder y de sumisión acrítica.
De joven detesté los deberes y cuando comencé a dar clases se convirtieron en un verdadero motivo de conflicto. He pasado por muchas etapas y, por fin, creo que los deberes tienen su lugar en mi práctica pedagógica. 
A la hora de concebir una tarea parto de la identificación del deber y el juego. Para mí siempre tienen que constituir una actividad libre en la que los participantes asumen voluntariamente una serie de reglas y cuyo objetivo principal es la exploración, la interacción y el placer.
Este es un ejemplo de una tarea que les propuse a mis alumnos del Máster en álbum infantil ilustrado:
“Querido” alumno:
He pensado que sería bueno para su formación que traiga hecho el siguiente ejercicio para la próxima clase:
Ilustrar una receta
Instrucciones:
1)     Sólo puede utilizar los tres lápices de colores que usted elija (faber castell o equivalente) + lápiz normal.
2)     Cada uno de ustedes, en secreto y sin decírselo a nadie, ilustrará su receta, escogida libremente y sin ningún tipo de constricción (salvo los colores). Dispone de una o más páginas formato DIN3 (ya ven, hay otra constricción). Siempre abarcando toda la hoja y trabajando en formato apaisado (cada vez se van añadiendo nuevas constricciones). Antes de venir a la clase debe meter estas páginas en un sobre que cerrará (preferiblemente con un sello lacado) y en el que no indicará su nombre. Los alumnos de formato on-line podrán enviarlo vía correo electrónico a Elisa, de modo que no sepa de quién es cada trabajo.
3)     Cada uno de ustedes, en secreto y sin decírselo a nadie, escribirá un texto entre 1200 y 2000 caracteres (espacios incluidos), en el que explique el motivo que le llevó a seleccionar esa receta, el significado que este plato tiene para usted, etc. Antes de venir a la clase debe meter este texto en un sobre que cerrará (preferiblemente con un sello lacado) y en el que indicará su nombre en letras mayúsculas y legibles. Los alumnos de formato on-line por favor háganselo llegar vía mail a Elisa, para que ella tenga todo el material.
4)     Aquellos alumnos que quieran disfrutar de un trato preferencial por parte del profesor, y presumiblemente de parte de la organización del Máster, pueden elaborar el plato en cuestión para ser degustado y sometido a la crítica, siempre y cuando consigan transportarlo en un recipiente que oculte su contenido a la mirada fisgona de sus compañeros de clase.
5)    Espero que todo haya quedado muy claro y que no tenga nada que explicar. Si hay algo que no entiende, vuelva a leer las instrucciones. Si persiste en la duda, y no tiene reparo en asumirlo ni siente vergüenza en molestar al profesor, puede contactarme vía plataforma (que si la pregunta es pertinente le responderé).
Atentamente,
Don Gustavo Puerta Leisse

Ilustrar una receta puede ser en sí un ejercicio bonito, con resultados igualmente atractivos. Sin embargo, a mí como profesor me interesaba recalcar tres cosas. En primer lugar, una receta ilustrada tiene aspectos formales semejantes al libro álbum, como lo son la relación texto imagen, la secuencia, la elipsis, la unidad de sentido, la importancia narrativa del formato... En segundo término, cuando tenemos que explicarle a alguien cómo cocinar algo es necesario tener en cuenta al  interlocutor. En este sentido, asumimos de un modo u otro la figura de nuestro destinatario. Por último, también me interesaba ver qué alumnos y cómo conectaban con sus recuerdos de infancia a la hora de seleccionar su receta. 
Así, con este ejercicio pudimos aproximarnos indirectamente a tres rasgos que considero fundamentales en un libro-álbum: el dominio de un lenguaje, la consideración del interlocución y el tener algo propio que contar. Así como evaluar fallos y problemas en alguno de estos ámbitos. En particular, pudimos comprobar cómo los textos conseguían transmitir experiencias e impresiones que no se representaban en las ilustraciones. Ello nos llevó a reflexionar acerca de nuestro trabajo como ilustradores y a desarrollar una nueva tarea.
El resultado de ambos ejercicios fue verdaderamente interesante y pronto surgió el proyecto de convertirlo en libro. Llevar a cabo esta nueva tarea, supuso en sí mismo otro enriquecedor proceso de aprendizaje. Ha pasado un año desde entonces y gracias a la perseverancia de Ana Delgado y Andrea Sanz el proyecto Hasta en la cocina sigue vivo y pronto se autoeditará en un libro que reúne los quince recetas-narraciones-ilustradores. Su financiación depende de nosotros. Apóyalo en Verkami y disfruta de esta obra colectiva.
Libro Recuerdos en el paladar

sábado, 26 de octubre de 2013

E Allora, Massimo?

No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible.
Píndaro

Massimo Desiato temía a la muerte. En más de una conversación hablamos de ello. Muy pronto ya no fue necesario partir de un texto de Nietzsche, Kierkegaard, Camus o Feuerbach o de una película de Pasolini o de Olmi para desembocar en una conversación íntima y removedora. La conversación no se agotaba. Reaparecía en el cafetín de la Católica, en las terrazas del IDEA, en el banco Mercantil de la Simón Bolívar, en las mesas del Quintana o incluso en el bowling de Prados del Este; adoptando, alternativamente, modalidades aforísticas, metafísicas, socráticas, peripatéticas o posmodernas.
Él argumentaba que la muerte era tanto el motor de la filosofía como su frontera. Sentaba en la consciencia del absurdo, el sentido y sinsentido de nuestra existencia. Al menos en este plano, yo era más pragmático que él. Sostenía que el gran problema de la muerte no era para quien muere sino para el que sobrevive.
A Massimo le dolió mucho la muerte de Javier Sasso. Entonces, paulatinamente dejamos de hablar sobre la muerte y comenzamos a hacerlo sobre la enfermedad y la pérdida. Fue un período difícil donde las conversaciones tampoco fueron fáciles y en el que afloraron una y otra vez temas y experiencias dolorosas.
Hoy, al recordarlo, me sorprende que Massimo, que tenía una sincera inquietud y un verdadero talento para plasmar por escrito agudas reflexiones sobre los temas más variados, no haya escrito nada sobre la enfermedad. Desconozco si lo hizo sobre el miedo. Sí recuerdo haber leído y discutido un sugerente texto suyo sobre el duelo. No tengo claro si se trataba de una conferencia o de un artículo. Tampoco sé si fue publicado. Lo cierto es que una tarde llegué al Centro de Estudios Filosóficos y me lo dio a leer. Al terminarlo le dije que ahí había un libro y, algo poco habitual en él, dubitativamente contestó: ¿tú lo crees?
Tuve la suerte de aprender y compartir muchas cosas con Massimo. Fue generoso conmigo y muy pronto rompió la distancia que separa al profesor del alumno para dirigirse a mí como un interlocutor. Fuimos amigos, buenos amigos. Después nos alejamos.
Desde la última vez que lo vi, fallecieron dos personas que, cada uno a su modo, nos marcaron: Daniel Ramos y Eduardo Piacenza. Entonces pensé que a pesar del rumbo que cada uno había emprendido, a pesar de haber perdido el contacto, además nos unían estas pérdidas. Que ambos tendríamos que liar con un duelo que amenazaba con ser turbio y doloroso. Entonces eché en falta nuestras antiguas conversaciones. Entonces eché en falta ese artículo o conferencia suyo. Entonces lamenté la distancia. 
Hoy ya no está Massimo. Están María Fernanda y Diego. María Fernanda, lo siento. De verdad que lo siento mucho.

viernes, 18 de octubre de 2013

Narrar la infancia: los niños salvajes


Cuando me planteé cómo comenzar las sesiones del seminario Narrar la infancia, narrar desde la infancia tuve la intuición de que la figura del niño salvaje podría ser un buen punto de partida. El niño bravío de l’Aveyron, por ejemplo, ha sido objeto y protagonista de múltiples narraciones que se sitúan en géneros harto distintos, que van desde la memoria e informe de Jean Itard, pasando por la recreación literaria de T. C. Boyle o la película de  François Truffaut. Además, este caso nos permitía leer desde el contraste el Discurso de la desigualdad de los hombres de Rousseau, ahondar en la influencia de Itard en Montessori o acercarnos a Kipling y su Libro de la selva.
Ya desde la primera sesión advertimos que había más que eso. Buena parte del discurso sobre la infancia parte de una perspectiva que ve en el niño “el adulto del mañana”. Nosotros, en cambio, al considerar al niño salvaje nos interesábamos por “el adulto que no será”. Esta aproximación nos llevó a adentrarnos en la idea de naturaleza humana, en reparar en cuán presente e interiorizada está en nosotros la noción del buen salvaje, en tomar conciencia de que en el hombre no existe algo así como una animalidad previa a la cultura, en cuestionar los ideales románticos de regreso a la naturaleza, tan extendidos en la actualidad en modelos de crianza y educación alternativa.
También fue apasionante leer El libro de la selva, descubrir cómo Kipling nos introduce en un universo fantástico que conecta con nuestra realidad al tiempo que la critica, analizar el programa pedagógico de Baloo y la compleja iniciación del cachorro humano en los dominios de la Ley de la Selva, concluir cómo Mowgli puede permitirle al lector infantil tomar conciencia de una infancia potencialmente diferente y, en definitiva, disfrutar de una literatura infantil que por contraste muestra las limitaciones y carencias de la oferta literaria actual.
El próximo martes 29 de octubre retomamos el seminario Narrar la infancia, narrar desde la infancia. Hay algunas plazas para quienes estén interesados. Si así fuera, no dejes de contactarme.

lunes, 20 de mayo de 2013

Taller Lo mío es puro teatro (III). La fachada cuenta.

Teatre Guiyol. Tomado de Picasso de Josep Palau i Fabre. Barcelona: Polígrafa, 1977.
Ya en su misma fachada, el teatrillo cuenta. Lo primero que haremos en el taller Lo mío es puro teatro (información aquí), será apropiarnos de ella y crear un espacio de sugestión que invite al espectador a dejarse llevar, a sumergirse en este mundo fantástico, a entrar en contacto con el espacio ficcional e interactuar con sus habitantes.




Éste es el punto de partida. La estructura ideada por Elena Odriozola. Ahora, cada participante ha de hacerla suya. Y para ella puede dialogar con una extensa y variada tradición en la cual hallamos manifestaciones como la siguientes:

Pablo Picasso. Estudio de decorado para Cuadro Flamenco. Tomado de Picasso y el teatro. Barcelona: Museo Picasso, 1996.

http://joannahruby.wordpress.com/picture-storytelling/the-weeping-tree/
http://papermatrix.wordpress.com/2010/09/11/teddys-theatre-low-towers/
http://www.pollocks-coventgarden.co.uk/index.php/catalog/product/gallery/id/229/image/519/

lunes, 13 de mayo de 2013

Taller Lo mío es puro teatro (II). Pliego, papel y tijeras

© Elena Odriozola
  
De niño, muy pronto tomé consciencia de que las cosas que llamaban mi atención no hacían lo mismo con otras personas. Esta diferencia no amainó mi curiosidad. Al contrario, con el tiempo me llevó a desarrollar hasta la obsesión la necesidad de mostrarle a los demás cosas que pasaban desapercibidas frente a sus ojos y hacerlos así partícipes del interés que experimento por ellas.
La escritura y la docencia han estado en buena medida al servicio de mi pasión por esos objetos cotidianos que suelen pasan desapercibidos, por aquellos personajes marginales que planteaban originales visiones del mundo, por las teorías anacrónicas y sus impecables estructuras lógicas, por otras formas de pensar que chocan con nuestras categorías y, en general, por un amplio grupo de seres, temas e historias en desuso que piden a gritos ser reciclados.
Ha sido muy gratificante hallar interlocutores y cómplices. Y aunque no ha sido fácil encontrar espacios idóneos, y mucho menos convencer a los demás de que (entre otras cosas) te paguen por ello; me conforta pensar que he logrado despertar la curiosidad de otras personas y disfrutar de sus ideas y obras.
Mientras colaboraba en la revista Educación y biblioteca, dirigí junto a Lucía Contreras un dossier titulado “Pliego, papel y tijeras”, que pueden descargar aquí y merece una lectura atenta. Fue un verdadero placer trabajar con Lucía y con una serie de colaboradores entusiastas, sensibles e inteligentes que aúnan pasión y estudio al centrar su mirada en ese universo oculto tras alguna de las múltiples materializaciones posibles del papel.
Han pasado los años. Ahora Lucía emprende una nueva y encomieble tarea: la reedición de teatrillos de papel. Recupera modelos de la antigua estampería catalana Paluzie y los reconstruye para brindarle a niños y adulos un fabuloso espacio de juego y apropiación.
Por mi parte, junto a Elena Odriozola, convocamos el taller Lo mío es puro teatro, convencidos, por un lado, del alcance, valor y posibilidades narrativas del teatrillo de papel y, por otro, de cuanto podemos aprender con él quienes nos dedicamos o estamos interesados en la literatura infantil.
En fin, buenas oportunidades para descubrir un mundo apasionante. 


Lo mío es puro teatro
La puesta en escena en el libro-álbum teatrillo de papel
por Elena Odriozola y Gustavo Puerta Leisse


Fecha: 24, 25 y 26 de mayo. 20 horas
24 de mayo: de 16:00 a 20:00; 25 y 26: de 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 20:00.
Precio: 200€. Dieciséis plazas
Lugar: Víctimas del Celuloide (c/ Santiago, 8. Madrid)
Información e inscripciones: gustavopuerta@gmail.com
escuelaperipateticadelij.blogspot.com

miércoles, 8 de mayo de 2013

Sentimientos encontrados. Erich Kästner


Desde hace algo menos de un año, los martes por la tarde nos reunimos alrededor de una enorme mesa de madera, cafés, tés y merienda casera, un grupo de entre ocho y diez personas a conversar, leer y discutir sobre sentimientos, libros infantiles, filosofía, psicología... y la infancia en general. El nivel de intercambio es alto y muy gratificante, siendo común que la reflexión se prolongue depués, mientras compartimos una copa de vino en un bar cercano; o cuando ya en casa seguimos dándole vueltas a alguna idea, opinión o lectura o, incluso, cuando esta inquietud nos lleva a tomar el lápiz o el pincel.  
No creo exagerar al afirmar que Sentimientos encontrados (que así hemos llamado a este seminario) es para mí una oportunidad única de estudio e intercambio intelectual y humano. Por eso, les animo a quienes estén interesados a incorporarse en el grupo. Empezamos un nuevo sentimiento el próximo martes 14 de mayo.
Para que puedan hacerse una idea de cuan fructíferas llegan a ser nuestras reuniones, reproduzco un fragmento del hermosísimo relato autobiográfico de Erich Kästner: Cuando yo era un chiquillo [Madrid: Alfaguara, 1988], que comentamos detenidamente en la última sesión de Sentimientos encontrados y nos permitió profundizar un poco más en lo que es la tristeza.

Mi madre no era un ángel y tampoco quería serlo. Su ideal era más palpable. Su meta estaba lejos, pero no en las nubes. Resultaba posible alcanzarla. Y como ella era más enérgica que cualquier otra persona y no permitía que nadie se interpusiera, la alcanzó. Ida Kastner quería convertirse en la madre perfecta para su hijo. Y como quería llegar a serlo, no tuvo en consideración a nadie, ni siquiera a ella misma, y se convirtió en la madre perfecta. Todo su amor y fantasía, toda su dedicación, cada minuto y cada pensamiento, toda su existencia, los dedicó a mí fanáticamente como un jugador obsesionado a una sola carta. Su puesta era: ¡su vida, por entero!
La carta era yo. Por eso yo tenía que ganar.

Por eso no podía decepcionarla. Por eso yo fui el mejor alumno y el más formal de los hijos. Yo no hubiera podido soportar que ella perdiera su gran juego. Como ella quería ser y era la madre perfecta, para mí, la carta, no había ninguna duda: yo tenía que ser el hijo perfecto. ¿Llegaría a serlo? Al menos lo intentaba. Yo había heredado su talento, su resolución, su ambición y su inteligencia. Con eso ya se podía empezar a hacer algo. Y si yo, su capital y su puesta en el juego, me cansaba alguna vez de dedicarme a ganar siempre, aún me quedaba una cosa como última reserva: quería a la madre perfecta. La quería mucho.
Las metas alcanzables son costosas especialmente y especialmente costosas porque queremos alcanzarlas. Nos desafían y nos ponemos en camino hacia ellas sin mirar a un lado ni al otro. Ella me amaba a mí y a nadie más. Era buena conmigo y en ello gastaba toda su bondad. Me regalaba su buen humor y no sobraba nada para otros. Sólo pensaba en mí; no tenía otros pensamientos. Su vida estaba dedicada a mí hasta el último aliento, sólo a mí.
Por eso a todas las demás personas ella les parecía fría, severa, orgullosa, despótica, intolerante y egoísta. Me daba todo lo que era y todo lo que tenía y para los demás estaba con las manos vacías, orgullosa y firme, siendo, no obstante, un alma en pena. Aquello la llenaba de tristeza. Aquello la hacía infeliz. Aquello le llevaba en ocasiones a la confusión. Esto no lo digo a la ligera ni es un decir. Sé lo que me digo. Estaba presente cuando sus ojos se oscurecían. Por aquel entonces, cuando yo era un chiquillo, ¡encontré al salir de la escuela las hojas apresurada-mente garabateadas! Se hallaban sobre la mesa de la cocina. «¡Ya no puedo más!», ponía en ellas. «¡No me busquéis!», ponía en ellas. «¡Que te vaya bien, querido hijo mío!», ponía en ellas. Y la vivienda estaba vacía y muerta.
Entonces yo, acosarlo y fustigado por un miedo salvaje, llorando en alto y casi ciego por las lágrimas, echaba a correr por las calles, hacia el Elba y hacia los puentes de piedra. Las sienes me cartilleaban. La cabeza me retumbaba. El corazón latía a toda velocidad. Atropellaba a los peatones; me maldecían y yo seguía corriendo. Me tambaleaba por falta de respiración, sudaba y tenía mucho frío; me caía, me incorporaba, no me daba cuenta de que estaba sangrando y seguía corriendo. ¡¿Dónde podía estar?! ¿Había hecho alguna tontería? ¿La habían salvado? ¿Aún había tiempo o era ya demasiado tarde?
-¡Mamá, mamá, mamá! –tartamudeaba yo una y otra vez corriendo para salvar su vida– ¡Mamá, mamá, mamá!
No se me ocurría ninguna otra cosa. Era mi única e interminable oración en aquella carrera con la muerte.
La encontraba casi siempre. Y casi siempre en uno de los puentes. Estaba allí sin moverse, mirando hacia abajo, hacia la corriente, y parecía una figura de cera.
-¡Mamá, mamá, mamá!
Ahora lo gritaba en alto, cada vez más alto.
Me arrastraba hacia ella con mis últimas fuerzas. La agarraba, tiraba de ella, la abrazaba, gritaba y lloraba y la sacudía como si fuera una gran muñeca pálida... Y entonces se despertaba como de un sueño con los ojos abiertos. Era ahora cuando me reconocía. Era ahora cuando se daba cuenta de dónde estábamos. Era ahora cuando podía llorar y apretarme contra sí y decir dificultosamente y con voz ronca:
-¡Ven, hijo mío, llévame a casa!
Y tras los primeros pasos vacilantes susurraba:
-Ya está todo bien.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Taller Lo mío es puro teatro (I). Elena Odriozola

© Elena Odriozola. La princesa y el guisante. Madrid: Anaya, 2003

Los días 24, 25 y 26 de mayo tendré la suerte de dar junto a Elena Odriozola un taller que hemos llamado Lo mío es puro teatro. En él crearemos un teatrillos de papel y ahondaremos en los procesos creativos comunes a escritores, ilustradores, maestros, padres y todas aquellas personas que ven en el niño su destinatario y en la literatura un espacio de experimentación. [Si deseas más información sobre el curso, puedes descargate aquí el volante del taller o también puedes ponerte en contacto conmigo].

A propósito del taller, recupero un artículo que escribí para el catálogo de la exposición que le dedicó a Odriozola el Ayuntamiento de Zarauz en el primer trimestre del 2012.
 


El guisante de la discordia

Se halla sentada sobre la cama, despeinada y en camisón, con el rostro descompuesto. A pesar de que sus ojos son diminutos y están rodeados por oscuras ojeras, su mirada consigue transmitir la perturbación que experimenta. La boca enfatiza el peso de su malestar, mientras que el rubor de sus mejillas evidencia la vergüenza que padece ante semejante situación.
Si la factura de los mullidos colchones y del hermoso y variado estampado de las mantas puede dar cuenta de la real ascendencia del personaje, el libro que descansa abierto sobre su regazo sugiere una noche de insomnio en la que la lectura fue intranquila y de poca ayuda.
La causa de semejante desvelo no es otra que un recóndito guisante. Este grano, en apariencia insignificante, es el barómetro de la autenticidad de la princesa. A los ojos de la reina, certificará si se trata de una “princesa de verdad” o no. A los ojos del lector, la prueba no está exenta de cierta parodia de la flema aristocrática e incluso ridiculiza la hipersensibilidad y el amaneramiento de las clases pudientes. Unos y otros, en definitiva, se ensañan contra la pobre y empapada doncella que una noche de tormenta, empujada por el destino, llama a las puertas de palacio en busca de cobijo.
Las ilustraciones aportadas por Elena Odriozola abren una nueva lectura al cuento de Hans Christian Andersen. Lejos de asumir una actitud paródica o condenatoria, la interpretación que hace de la agraviada e indefensa princesa se contrapone a aquellas manoseadas versiones caricaturescas que muestran a la señorita como una criatura creída, frívola y caprichosa. De este modo, su planteamiento parte de la empatía y al adoptar esta perspectiva nos permite hallar en el cuento un trasfondo psicológico tan sutil como certero, desaprovechado por otras versiones ilustradas. En la lectura que propone Odriozola la princesa es considerada como víctima (de su naturaleza y de la situación) y la reina es descubierta como victimaria.
Así, el guisante depositado por la monarca debajo de los veinte colchones y de los veinte edredones de pluma adquiere una nuevo sentido ante nuestros ojos, ya no se trata de una prueba inocente, sino que revela la mala idea de una potencial suegra que no duda en someter a la pretendiente de tan cruel y subrepticio examen. Ahora bien, tratemos por un momento de comprender el comportamiento de la reina, ¿por qué a sus ojos este experimento tiene el poder de acreditar la autenticidad de la princesa? El malestar expresado de la princesa de Odriozola nos da una clave. Aunque no se puede decir con propiedad que la pálida protagonista haya salido airosa del examen, sí evidenció que contaba con el grado de sensibilidad propio de las princesas de verdad. Tanto su pesar como su aptitud para pretender la mano del príncipe proceden de esa exacerbada sensibilidad. En este sentido, Odriozola desenmascara a la reina: detrás de esta estratagema lo que en verdad su majestad desea es encontrar una persona vulnerable y desvalida para su vástago real y, por qué no, que pueda ser manipulable por su maquiavélica voluntad.
Un ilustrador es un lector privilegiado. Tiene la prerrogativa de aportar su personal interpretación a un texto que lo precede, de ampliar sus posibilidades, de esculpir nuevos significados, de decir cosas propias a partir de palabras de otros… Sin embargo, este privilegio también es extensible al lector. Al participar de la lectura de un libro ilustrado recordamos que leer es un acto de libertad en la que el autor (el escritor y/o el ilustrador) sólo aportan una parte del proceso creativo, pues la tarea del lector es completar este proceso, es contribuir con su interpretación y concluir así la obra de arte.
La lectura que nosotros hacemos de las ilustraciones de La princesa y el guisante (Anaya, 2003) es análoga a la lectura que hace Odriozola del cuento de Andersen. Si no sucediese así, si por la razón que fuera no nos adentramos en los territorios de la interpretación, entonces no participamos de la creación, no formamos parte activa en el arte. Las ilustraciones de Odriozola pueden ser consideradas como obras de arte, no sólo por su intrínseca belleza, no sólo porque cuelguen de las paredes de esta sala de exposiciones, sino porque posibilitan que el espectador participe de un proceso creativo en el que siempre tienen cabida nuevas lecturas; porque, en definitiva, reivindican la libertad del lector de formar parte y hacer suya la lectura de un otro.
El arte en el que Elena Odriozola mejor se desenvuelve es el de la ilustración de libros para niños. Ante tanto infantilismo, ante tanto material precocido y de fácil digestión escolar, Odriozola ofrece al pequeño una princesa alejada del estereotipo, en la que el niño puede ver reflejados sentimientos propios que muchos adultos no quieren reconocer en él. Pero su interpretación incluso va más allá. Su versión de La princesa y el guisante muestra la imagen de un mundo adulto que lejos de atender y respetar las necesidades del niño (y de la princesa), le exige reprimir su voluntad y convertirse en un ser dócil y obediente. Luego de varias relecturas del libro, podemos aventurar la hipótesis de que es muy probable que la hoy frágil y vulnerable princesa, en el futuro sea una calculadora y fría reina que, en una tormentosa noche, depositará un guisante debajo de veinte colchones y de veinte edredones de pluma.
Los libros ilustrados para niños están para cuestionar este estado de cosas, para resquebrajar la domesticación del imaginario, para propiciar la empatía y poder ver en el otro lo que muchas veces no alcanzamos ver en nosotros mismos. Exigen ser leídos una y otra vez. Los niños lo saben y disfrutan de ello. En cada lectura hay algo nuevo que aparece, hay un cambio que acontece: el vínculo entre el adulto que lee y el niño que escucha y ve, se profundiza; el proceso creativo que involucra al escritor, al ilustrador y a sus lectores se renueva; la huella emotiva que esta lectura deja en nuestra memoria se afianza. Los libros para niños esconden debajo de los veinte colchones y de los veinte edredones de la realidad, el guisante de la libertad, la creatividad, la fantasía y la empatía. Y fue la mano de Odriozola quien lo depositó allí.

jueves, 18 de abril de 2013

¿Ha visto pasar un conejo corriendo por aquí?

© Javier Sáez Castán
Con las narraciones sucede igual que con muchas de las cosas que pasan día a día frente a nuestros ojos: su cotidianidad oculta el valor excepcional de su naturaleza. Por ejemplo, en el libro-álbum convergen una multitud de convenciones narrativas cuyo origen se remonta a distintos momentos históricos, que responden a variadas necesidades culturales, que facilitan la transmisión de nuevos planteamientos y que posibilitan la experimentación o puesta en cuestión de esas mismas reglas y motivos que rigen tanto su creación como su lectura.
Al contextualizar el libro-álbum en el seno de una tradición histórica tomamos consciencia de su carácter vivo; así como del hecho de que su poética es el resultado de un proceso colectivo de decantación, marcado tanto por sus transformaciones como por sus continuidades.
En este sentido, hablar de «La narración hoy» puede llevarnos a caer en el equívoco de creer que la narración actual es muy distinta de la precedente; a pensar que se trata de un proceso evolutivo en el que se avanza hacia “mejores” formas de narrar o a considerar que estos nuevos hallazgos sustituyen los medios asentados de contar.
Desde mi punto de vista, la importancia de la aparición de un libro-álbum que aporta un planteamiento “original” no se restringe a las posibilidades narrativas que esta nueva dirección abre. Éstas no pueden ser más que limitadas. Su valor más bien lo encuentro en el hecho de que esta innovación nos permite reparar en las convenciones que rigen el género. Reglas que, dicho sea de paso, no resultan fáciles de entrever ni aprehender.
No considero que haya un antes y un después de los libros de Javier Sáez Castán. Sí pienso, en cambio, que algunos de sus álbumes han transformado mi forma de aproximarme al género, me han replanteado viejos problemas y, sobre todo, tienen la virtud de interrogar a la realidad y a nuestros modelos de representación. Tomemos el ejemplo de El conejo más rápido del mundo (México: Océano, 2007). 

 Así comienza el artículo que he publicado en la revista Fuera [de] margen en un número dedicado a "La narración hoy en día". En ella Sophie van der Linden plantea el estado de la cuestión y le siguen una serie de artículos y entrevistas que se detienen a analizar el trabajo de creadores como Phakir Mohan Sen (por Anna Castagnoli), Oliver Douzou (por Adèle de Boucherville), Max (por Antonio Altarriba),  Benjamin Chaud y Bastien Vivès (por Philippe-Jean Catinchi), entre otros.
Recomiendo sinceramente la lectura de este monográfico. Nos invita a volver la mirada sobre nosotros mismos y preguntarnos qué tipo de álbumes estamos produciendo y por qué cuentan tan poco.

sábado, 30 de marzo de 2013

A los 17 una revista lo llevó a la Bauhaus


© Werner David Fleist
Leo My Years at the Bauhaus de Werner David Feist (Berlín: Bauhaus Archiv, 2012). Valioso testimonio de la escuela de Dessau, apasionantes los retratos de Albers, Klee, Kandinsky, inspiradoras las propuestas pedagógico-experimentales de estos maestros...
Feist inicia el relato contando la conmoción que experimentó cuando él, un judío pequeño burgués de 17 años apático y desmotivado, ingresa en la aún entonces desconocida escuela.
Llama la atención que tuvo noticia de ella gracias al monográfico dedicado en una revista para jóvenes llamada Junge Menschen. Era el año 1924 y esta publicación, cito y traduzco libremente,
Era, en su forma y contenido de alta calidad y buen gusto, de centro izquierda y dedicaba sus páginas a todos los movimientos reformistas paralelos del momento: los nuevos enfoques para la educación, la apertura sexual, las nuevas ideas en las ciencias sociales y los nuevos movimientos en las artes y la literatura. Junge Menschen también compartía con todos los estratos de la juventud contemporánea un odio por lo 'kitsch', esta intraducible palabra que significa falto de gusto, vulgar, sin base, comercialmente barato, en lo referente a las artes y oficios.
Valioso ejemplo de cómo se planteó una nueva literatura juvenil para una nueva sociedad, de la calidad y seriedad del proyecto y de su impacto en la vida de lectores particulares y su incidencia en la cultura posterios. Suena tan lejano, desgraciadamente.

sábado, 9 de marzo de 2013

Almanaque. (y III)






















 El curso ya ha comenzado. La correspondencia cede el paso al encuentro. La palabra escrita a la conversación y al intercambio. Nuestro objetivo será volver al papel, recuperar la idea de corresponder, comunicar, comprender. Explicárselo, explicárnoslo.
Publicamos las últimas cartas previas. El lector advertirá que están inacabadas. No podía ser de otra manera. 
 
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De: Gustavo Puerta Leisse
Asunto: Almanaques con firma
Fecha: 8 de febrero de 2013 12:45:26 GMT+01:00

Rector, rector.
Recuerde que el almanaque por excelencia, el de los Maya, se elaboró en la muy tropical península de Yucatán. Donde, claro está, la primavera y el otoño brillan por su ausencia y las nociones de verano e invierno son radicalmente distintas a las europeas. Y digo almanaque, que no calendario, por el valor añadido de informaciones e historias de todo tipo que superan el mero registro temporal.
Sin embargo, recupero de su correo un par de ideas: 1) el almanaque es un género didáctico (y habrá que preguntarse qué entiende uno por didáctico) y 2) sospecho que más que de la utilidad, el principio que dota de sentido al almanaque es el provecho (y aquí vale la pena distinguir un término de otro, entre una actitud de otra). Sólo frase al aire: la utilidad es al provecho, lo que la ingeniería es a la sabiduría.
Uno de los aspectos que más me sorprendieron cuando comencé a estudiar las vanguardias históricas, y aún me sigue apasionando, es su interés por la tradición y la cultura popular. Contrariamente a lo que muchas veces se piensa, en la mayoría de los casos no se trató de una actitud de borrón y cuenta nueva sino hubo toda una tarea de (re)construcción de un pasado y asimilación de temas, motivos y géneros tradicionales. Como Ud. bien sabe, tanto el almanaque como el calendario no fueron una excepción. Tendrá en mente a Alfred Jarry pero también está el Almanaque del grupo Jinete azul, el promovido por el ornitólogo, matemático y futuristal Velimir Khlebnikov (que me pongo a investigar sobre él) o ese otro con el que también me he topado: Almanaque literario 1935. Del que el librero pide 600€ y describe así:
Madrid, Editorial Plutarco, 1935, 16x22, 288 pp (OJO: faltan las 6 últimas hojas). manchita en esquina de 7 primeras hojas. Encuadernado en holandesa piel con nervios, tejuelos, hierros en lomera, no conserva cubierta. Todos los trabajos del almanaque son originales y escritos expresamente para éste. Textos de Ramón Gómez de la Serna, Guillermo de Torre, Juan Chabás, Max Aub, Francisco Ayala, Manuel Abril, María Zambrano, Antonio Espina, Bergamín, Domenchina, Borges, Benjamín Jarnes, Rivas Cherif, etc. Poemas inéditos de García Lorca: Gacela del mercado matutino, Gacela del amor con cien años, Casida de la mujer tendida, Casida de la muerte clara (Gacela de la huida). Ilustrado por Norah Borges, Angel Ferrant, Maruja Mallo, Santa Cruz y Vázquez Díaz. La mayor parte de los textos no han sido recogidos en parte alguna. Este almanaque constituye un documento fundamental sobre el estado de la vanguardia española en vísperas de la Guerra Civil.
Pensando en esta nueva dirección, le planteo el problema de la poética del almanaque de autor. ¿Qué puede aportar la apropiación de este género?, ¿qué parámetros hemos de plantearnos en semejante empresa?
Hoy es 8 de febrero día en que impactó en Pueblito de Allende un meteorito del que todavía, 43 años después, se busca un trocito.

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De:Grassa Toro
Asunto: Re: Almanaques con firma
Fecha: 8 de febrero de 2013 18:55:38 GMT+01:00

Docto,
no acierto a diferenciar entre utilidad y provecho. A propósito de diferencias, caigo en la cuenta de que no aún no hemos convocado el humor ni el umor. Leopoldo María Panero cita el umor sin h de Vaché dos o tres veces a lo largo de la película El Desencanto. Un autor, si es por eso por lo que me pregunta, puede escribir con umor. En un almanaque caben los dos.
Un autor, si es por eso por lo que me pregunta, siempre aporta lo mismo: la fragmentación de un universo, el pedacito de tarta que no se atraganta. Un autor es un recortador, un perfilador, un reductor de cabezas, un jíbaro, un tipo empeñado en volver finito lo infinito. No crea que la acumulación de palabras tan desairadas implica un juicio negativo, estoy tratando de responderle analíticamente, si es por eso por lo que me pregunta.
Hemos avanzado, elegida la forma, el almanaque, quedamos a solas con la pregunta: ¿qué quiero contar? No sé si la respuesta, sea la que sea, tiene categoría de poética, a veces creo que sí.
No se le ocurra gastarse 600 euros en la reliquia; piense que cualquiera de esos autores mencionados en la ficha del tendero, si tuvieran 600 euros, estarían imprimiendo un nuevo almanaque (o de juerga).
El calendario pataphysico celebra hoy, 14 gueules 140, la Natividad de San Julio Verne, viajero sin moverse de casa. Un modelo (ahí tiene otra diferencia ¿modelos o ejemplos para nuestros almanaques?

Suyo,
Grassa Toro
 

miércoles, 6 de marzo de 2013

Almanaque. (II)

Isotypo de Gerd Arntz. (www.gerdarntz.org)
 Otra de las convicciones pasajeras que en la actualidad profeso es que el mejor modo de conocer algo es hacerlo de forma indirecta. Cuando me pregunté, por ejemplo, cuál es la diferencia específica entre los celos y la envidia, no encontré una respuesta satisfactoria en libros de psicología, sociología o filosofía que consulté. Inesperadamente, me topé con ella en un libro de reglas monásticas escrito por un monje cartujano en el siglo XII.
Este, obviamente, es una caso un tanto extremo. Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que puntos de vistas alternativos evidencian aspectos del objeto de estudio que suelen pasar desapercibidos en las aproximaciones ortodoxas. Con mis alumnos de ilustración he descubierto que para explicarles nociones como la secuencia, la elipsis, la sintaxis narrativa o la consideración del destinatario en el libro-álbum resulta más claro hacerlo analizando libros de recetas que si empleo libros infantiles.
¿Qué nos puede decir el viejo género del almanaque acerca de la infancia, de cómo explicarle cosas a los niños, de nuestro tarea como creadores? Esta será una de las preguntas que orienta el curso Explicárselo, explicárnoslo. El placer de preguntarse, el sentido de comprender (más información, aquí) y, antes, fue el interrogante que encausó la correspondencia que mantuvimos Grassa Toro y yo mientras formulamos el curso. A continuación recojo las cartas que siguieron a las incluidas en el post pasado.

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De: Grassa Toro
Asunto: Acerca del anonimato
Fecha: 5 de febrero de 2013 09:25:36 GMT+01:00
Para: Gustavo Puerta Leisse

Docto,
el anonimato del almanaque refuerza la idea de certeza.
Lo que firma alguien puede resultar ser verdad o mentira; acierto o error. Lo que aparece escrito sin que nadie lo firme cobra ante el lector la fuerza de lo que se escribe a sí mismo porque no puede ser de otra manera.
Hasta que aparecieron los horóscopos de autor en los periódicos, esta sección era anónima. ¿Cómo puedo fiarme del horóscopo que escribe Pepito Grillo? ¿Por qué tiene que escribirlo alguien? ¿Es que el horóscopo no está ya escrito y lo único que tenemos que hacer es leerlo?
Los almanaques los escriben la naturaleza, la memoria colectiva, los santos, dios. El ser humano sólo puede (y tiene que) leerlos.
a cinco de enero de 2013, día de Santa Águeda en el calendario cristiano. Tetas rodaron por el suelo, y no sólo una vez.
suyo,
Grassa Toro

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De: Gustavo Puerta Leisse
Asunto: Sobre la escritura de almanaques.
Fecha: 5 de febrero de 2013 21:29:44 GMT+01:00

Rector:
En Portugal se publica el almanaque Borda d'Agua. Sigue imprimiéndose en una imprenta tradicional y, en buena medida, conserva esa rusticidad que recuerda al grabado. Me gusta la incursión de seres caricaturescos o droláticos entre sus páginas, tan próximos ellos al mundo del Auca. Dan un poco la sensación de la incursión de lo fantástico en la realidad. En este sentido, distan mucho del Zaragozano, tan contrarreformista él, y de todos aquellos que proliferaron en Latinoamérica con un tufillo didáctico muy positivista.
Lo que pensaba mientras leía su correo es que si bien es cierto que el almanaque tal como lo conocemos es un hijo de la imprenta y, en consecuencia, de la cultura escrita, en muchas ocasiones parece que busca presentarse como un reducto de un mundo oral, tradicional, colectivo... regido por el ciclo de las estaciones, los astros y los santos.
Hay mucho de ilusión, en el almanaque. Y casi que podría decirse que hay una, o varias, poéticas del almanaque. En este sentido, querido amigo, le quería preguntar cómo han de escribirse. Que reglas y/o constricciones se impondría Ud. en esta tarea. ¿El microrrelato es una género almanaquil?
siempre suyo,
Gustavo

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De: Grassa Toro
Asunto: Re: Sobre la escritura de almanaques.
Fecha: 6 de febrero de 2013 09:34:01 GMT+01:00

Docto,
El almanaque es oral en la medida en que pretende ser la voz común, la voz del pueblo, que siempre será oral (aunque se escriba).
Unido al paso del tiempo, unido sobre todo a la variedad (las estaciones) dentro de la regularidad (el calendario anual siempre repetido), no tiene sentido en los países tropicales que desconocen el ritmo de la tierra y, probablemente, esos almanaques latinoamericanos que usted cita didácticos y positivistas, sean copias superficiales, puramente formales y, por tanto, faltas de enjundia.
Para evitar semejantes desvíos, antes de empezar a pensar qué formas de escritura le son propias y propicias, deberíamos ser intransigentes en cuanto a su fundamento: el almanaque tiene que resultar útil a quien lo posee (y ojalá, útil a la comunidad). Pondremos a prueba esa utilidad si una vez impreso lo consultamos diariamente, volvemos una y otra vez sobre él. Respetar el principio de utilidad nos permitirá partir de una atribución de sentido, y eso siempre sale a cuenta.
Un almanaque real, no una forma almanaque.
Y ahora sí: qué escribir.
Hasta donde conozco el género, entiendo que no hay que escribir nada, o muy poco, si acaso: reescribir. El almanaque resulta de la selección de textos (orales o escritos) que nos preceden. Cabe copiarlos o reescribirlos.
En el límite, la selección sería la escritura: renunciar (al resto de textos que no aparecerán) y ordenar (a lo largo del año, que es el libro).
Es seis de febrero, la Agencia estatal de meteorología había anunciado nieve sobre mi cabeza; luce el sol.
Suyo,
Grassa Toro

lunes, 4 de marzo de 2013

Asunto: Almanaque. (I)

Isotypo de Gerd Arntz. (www.gerdarntz.org)
Una de esas convicciones pasajeras que en este momento profeso es que, después de los treinta, el género más adecuado para plasmar el conocimiento y poner en tela de juicio las ideas propias es la correspondencia. La carta tiene el don de la síntesis y de tomar en cuenta al interlocutor; propicia la intimidad, sin por ello renunciar al rigor; fija los avances progresivos en el saber, sin admitir nada como definitivo; deja espacio al humor, la cortesía, los obsequios y agradecimientos... Además abre la posibilidad de que, en el futuro, podamos volver nuestra mirara atrás y reconstruir el periplo transitado. Y, sobre todo, quiéralo o no, el género epistolar refleja a la persona y su forma de pensar.
No me considero una persona envidiosa pero si envidio a alguien es a quienes cultivan la correspondencia intelectual y con los años alcanzan atesorar fructíferos intercambios. Por más que intento desarrollar ese vínculo-compromiso-espacio-tiempo, no lo consigo. Sin embargo, cuando abordo el proyecto de dar un curso con otra persona, me obligo a que el intercambio se dé a través de cartas.
A modo de señuelo, para quienes aún dudan, transcribo las primeras cartas que Grassa Toro y yo hemos intercambiado en los días pasados, a propósito del taller: Explicárselo, explicárnoslo. El placer de preguntarse, el sentido de comprender. Les recuerdo que serán dos fines de semana (9, 10; 16 y 17 de marzo de 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 20:00) más una semana en la que ejercitaremos la correspondencia (del 11 al 15 de marzo). Son 250€, será en Víctimas del Celuloide (c/ Santiago, 8. Madrid) y cada vez quedan menos plazas. Si te interesa, escríbeme: gustavopuerta@gmail.com
Más información, aquí.

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De: Grassa Toro
Asunto: qué es un almanaque
Fecha: 4 de febrero de 2013 12:52:24 GMT+01:00
Para: Gustavo Puerta

Docto,
le respondo, le empiezo a responder.
Un almanaque es un libro.
Ese libro está ordenado siguiendo un calendario.
Los contenidos del libro tienen que ver con los lugares comunes (nada peyorativo en la nominación), con lo que los franceses llaman "la sagesse des nations", con el pasado; y tienen que ver con el futuro: las predicciones de clima, las astrológicas, la agenda de ferias... Obviamente, tienen que ver con el presente cada vez que uno lee la página del día.
El almanaque está destinado al pueblo.
El almanaque tiene por función ofrecer seguridad mediante el acompañamiento diario; también ofrece la seguridad de lo escrito: "escrito está".
El almanaque tiene imágenes para los que no saben leer.
Cualquier almanaque es una variación de los almanaques originales.
Hoy es lunes 4 de febrero, San Rabano, obispo, en el calendario cristiano.
Suyo,
Carlos
P.S.: Con el fin de aportar colorido al curso, me permitiré utilizar fuentes de origen francés; queda para usted el resto del infinito, mucho más grande, pero no tan elegante, obvio.

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De: Gustavo Puerta Leisse
Asunto: Re: qué es un almanaque
Fecha: 4 de febrero de 2013 13:44:24 GMT+01:00
Para: Grassa Toro

Rector,
Su caracterización del almanaque atiende al aspecto material, al contenido, al destinatario y a la función. Quisiera precisar un poco más y plantear una hipótesis de trabajo: el almanaque tiene como objeto al tiempo, y tiene que ver con el modo como lo vivimos y con su representación cultural occidental.
Antes que nada, materializa una forma cíclica basada en la sucesión, la continuidad y el cambio. Frente el pasado, rememora. En el presente, sitúa y ante el futuro, planifica y/o pronostica.
De un modo u otro, el almanaque implica la noción de incompletud. Bien sea a través del recuerdo y del deseo o de la incertidumbre o la aprensión, nos habla de las carencias del presente y de los temores ante el futuro. Lo primero explicaría la razón de ser, por ejemplo, de aquellos calendarios que habitualmente hallamos en los talleres mecánicos o, incluso, aquellos con paisajes idílicos. Lo segundo, en cambio, apunta a las observaciones astrológicas, el santoral o las predicciones climáticas.
No comparto la idea de que el motivo por el cual almanaque tiene imágenes es porque se dirige (o ha dirigido) a personas que no saben leer. Pudo haber sido así pero ni siquiera creo que entonces fuera el único motivo. Pienso que las imágenes del almanaque tienen que ver más bien con la ilusión de permanecer en el tiempo.
Le animo a discutir cualquiera de estos puntos. Y además le pregunto, a qué le atribuye Ud. la razón de que el almanaque no suela venir firmado por un autor.
Sigue siendo 4 de febrero, día de la dignidad del pueblo y de la Fuerza Armada en la República Bolivariana de Venezuela, como conmemoración de la intentona golpista de Hugo Chávez.
Suyo,
Gustavo

jueves, 28 de febrero de 2013

Si una serpiente se muerde la lengua...

Ilustración de Elena Odriozola

Todo comenzó con una pregunta: «Si una serpiente se muerde la lengua, ¿muere envenenada?» La formuló un niño de seis años y su maestra se limitó a decir: “¡Hay que ver lo que preguntan los niños! Nunca he estado más de acuerdo con un maestro. Lástima que el sentido que ella le atribuía a la frase era prácticamente el contrario que yo le daba.
Durante un año estuve trabajando con los alumnos de un instituto para darle respuesta. Ese fue el principio de una investigación y un proyecto pedagógico que nos cambió profundamente a quienes participamos en él. No creo exagerar cuando afirmo que me hizo ver desde otra perspectiva la literatura infantil, la educación y la infancia. Pues no sólo me descubrió temas, libros, autores y editoriales que hasta entonces desconocía sino que me llevó a reparar, entre otras cosas, en cómo la explicación también es una forma de narración; en adquirir la convicción de que: «No puede saber escribir quien no sabe explicar»; o a estudiar las estrategias retóricas propias de la explicación.
El monográfico Pelusas en el ombligo para Educación y biblioteca [lo puedes descargar aquí] me permitió ponerme en contacto con buena parte de los mejores creadores que se están dedicando a explicarle cosas a los niños y jóvenes en Latinoamérica y España. Fue extraordinaria la experiencia de trabajar en él y me siento muy orgulloso del resultado.
En esta ocasión, no dudé de entrevistar a Grassa Toro [lo puedes descargar aquí] a propósito de su libro Este cuerpo es humano (Barcelona: Thule, 2009), ilustrado por José Luis Cano. Allí se gestó un tema recurrente de nuestras conversaciones, recomendaciones de lecturas y fantasías creativas. Han pasado tres años desde entonces y ha llegado el momento de sintetizar y poner a prueba lo que hemos aprendido. Por eso nos hemos planteamos el taller: Explicárselo, explicárnoslo. El placer de preguntarse, el sentido de comprender. Serán dos fines de semana (9, 10; 16 y 17 de marzo de 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 20:00) y una semana de deberes y correspondencia (del 11 al 15 de marzo) destinados a todos aquellos quienes deseen desarrollar destrezas necesarias para explicarle cosas a los niños y aprender y disfrutar mucho en el camino. Lo haremos en Víctimas del Celuloide (c/ Santiago, 8. Madrid). Son 250€ y en el momento que escribo este post sólo quedan diez plazas. Si te interesa, escríbeme: gustavopuerta@gmail.com.
Más información, aquí.

martes, 19 de febrero de 2013

Taller: Explicárselo, explicárnoslo

Isotypo de Gerd Arntz. (www.gerdarntz.org)
Explicar es una forma de narrar. Y pienso que al comparar la explicación y la literatura infantil podemos visualizar ciertos rasgos generales de la escritura para niños que, a pesar de su evidencia, pueden pasar desapercibidos.

En primer lugar, quien explica tiene algo que explicar. Hay un conocimiento precedente. Algo que se sabe o, incluso, que se quiere saber. Pues para muchos, el mejor camino para aprender algo es enseñarlo.
El lector habitual de cuentos para niños o novelas para jóvenes a menudo se encuentra con que muchos de estos libros no cuentan nada o muy poco. Igual sucede con buena parte de los libros de texto. En un caso la narración se centra en el lugar común; en el otro, se recurre a datos o a la presentación de cierta información más o menos descontextualizada. En ambos casos, el contenido es cuando menos deficitario. Hay un problema con el qué contar.

En segundo término, la explicación presupone y se concibe a partir del lector implícito. Pensemos, por ejemplo, en un género como puede ser la receta. Para escribir una hace falta manejar una serie de convenciones propias que van desde el empleo de un vocabulario más o menos especializado, pasando por una sintaxis específica (que implica la enumeración de la lista de ingredientes y cantidades y la organización del procedimiento mediante pasos sucesivos) o elementos semánticos (como las técnicas, los tiempos o temperaturas...). Por cierto, algunos de los rasgos estructurales de las recetas son muy próximos al libro-álbum, como por ejemplo la secuencia, la elipsis, la relación texto-imagen.
Pero para escribir una receta no es suficiente manejar estas convenciones. También hace falta anticipar las dificultades y problemas que puede experimentar el lector; emplear recursos como la fotografía o la ilustración para aclarar ciertos pasos; tomar en cuenta factores externos como el precio de los ingredientes y si éstos se encuentran fácilmente en el mercado; o contemplar otros elementos como el tiempo de elaboración, el número de comensales, los valores nutricionales o el soporte o medio donde se va a incluir esta receta.
En conclusión, escribir una receta, como cualquier otra explicación, implica preguntarse por el cómo en función de un quién y un dónde. En este sentido, pienso que muchos de los problemas que encuentro en la narrativa infantil española actual están vinculados directamente con el hecho de que o bien sus autores no tienen en cuenta al lector implícito o bien la imagen que tienen de éste es muy vaga. Se olvidan del para niños.

En tercer lugar,  bien se trate de una obra ficcional o de una divulgativa, me interesa mucho comprender su para qué. Esto es, su sentido. Desconfío de los libros para niños que anteponen cualquier objetivo al placer. Es precisamente el para qué el que nos indica si el autor del libro en cuestión se sitúa en una relación vertical u horizontal frente al niño. Usualmente detrás de fines loables, buenas intenciones y otras grandes empresas en la literatura infantil se esconden posiciones autoritarias que restringen la libertad interpretativa del niño, su curiosidad y su goce.

El qué, el cómo y el para qué son solo tres elementos de la explicación que nos permiten ahondar en la literatura infantil. Grassa Toro y yo, Gustavo Puerta Leisse, abordaremos estos y otros asuntos en el Taller Explicárselo, explicárnoslo. El placer de preguntarse, el sentido de comprender. Será una experiencia única: dos fines de semana de trabajo presencial (9, 10; 16 y 17 de marzo de 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 20:00) y cinco días de actividades y correspondencia virtual (del 11 al 15 de marzo) para elaborar un Almanaque para niños. Esto será en Víctimas del Celuloide (c/ Santiago, 8. Madrid). Son 250€ y sólo hay dieciséis plazas. Si te interesa, escríbeme: gustavopuerta@gmail.com. Ya os iré contando más cosas.