viernes, 18 de septiembre de 2015

Cuando Walter Benjamin escribía para niños


 
Estudiante y viajante (Paya, 1940)
En su magnífico ensayo El coleccionista apasionado (Barcelona: Anagrama, 2013), Philip Blom siente la necesidad de justificarse en una nota:
Vacilo a la hora de citar a Benjamin y lo hago sólo tras vencer recelos considerables; son tantos los académicos modernos que han considerado necesario ejercer de caníbales de sus escritos en pos de la teoría posmodernista y una jerga interesante, que debería dictarse una moratoria para las citas de Walter Benjamin. Sin embargo, no puede negarse que es uno de los comentaristas más sensibles y perspicaces de esta pasión, y no dejarlo hablar sería una grosera omisión (p. 333).
Comparto los recelos expresados por Blom y me veo en la necesidad de justificar mi interés por ahondar en la relación entre Walter Benjamin y la infancia. Si dirijo mi atención a la obra de este filósofo alemán, no se debe a la necesidad de hallar bases filosóficas que legitimen mis ideas sobre lo que es, o debe ser, la literatura infantil ni tampoco a la pretensión crear un canon alternativo de libros infantiles.
Cuando oriento mis lecturas hacia el pasado, me interesa reparar en direcciones no transitadas, espacios abandonados, casos excepcionales y proyectos que asumieron una actitud crítica frente al estado de cosas, ofreciendo así una respuesta propia a qué hacer, por qué hacerlo y cómo hacerlo.
Walter Benjamin no sólo fue un gran coleccionista y teórico del acto de coleccionar, sino que incluso sus escritos pueden interpretarse como una colección orgánica: un conjunto heteróclito de apuntes, intuiciones, reflexiones, iluminaciones… que suponen criterios de selección y ordenación propios, que unifica objetos extraños entre sí en un todo, que se constituye como una imagen del mundo, de su propietario y de la relación entre éste y aquel. Una colección que quedó irremediablemente incompleta.
Walter Benjamin escribió para la radio programas destinados al público infantil. Los temas que aborda son de por sí muy sugerentes y reflejan su espíritu coleccionador: “La caída de Pompeya y Herculano”, “El terremoto de Lisboa”, “La Bastilla, antigua cárcel del Estado Francés”, “Kaspar Hauser”,  “Los Bootleggers. Contrabandistas de alcohol en Estados Unidos”, “Falsificación de estampillas”, “El incendio del teatro en Cantón”, “Historias verdaderas de perros", entre otros. Esta colección de relatos, anécdotas, citas, voces… constituyen un apasionante punto de partida para reflexionar sobre nuestra mirada adulta que se dirige a la infancia y la mirada infantil que se nutre de nuevas experiencias gracias al narrador adulto.
Retomamos nuestros Seminario Narrar la infancia, narrar desde la infancia centrándonos en la figura de Walter Benjamin. Estás invitados.

Martes 22 y 29 de septiembre, 6 y 13 de octubre
18:00 a 21:00
en c/ Amnistía (Metro Opera), Madrid.
Precio: 120€.
Información e inscripciones:
gustavopuerta@gmail.com

lunes, 1 de septiembre de 2014

Apropiarnos de los cuentos tradicionales


Ilustración de © Elena Odriozola para el libro Cuentos clásicos de próxima publicación en la editorial Nerea
Son políticamente incorrectos: expresan una visión del mundo patriarcal y etnocentrista repleta de prejuicios e imágenes ofensivas; son moralistas, violentos y crueles; aluden a brujas, hadas, duendes, ogros y otros seres irreales; están enmarcados en una sociedad agraria que resulta muy lejana al niño actual…
Hay buenos argumentos para cuestionar si los cuentos tradicionales siguen siendo lecturas pertinentes para los niños del s. XXI. Victorianos y positivistas, marxistas y opusdeístas, feministas y jefes de estudio han reflexionado sobre cuán perniciosas pueden resultar estas historias y la necesidad de censurarlas o, cuando menos, adaptarlas.
También gozan de buenos defensores que, a diferencia de la mayoría de sus detractores, van más allá de lo evidente al vincular los cuentos tradicionales con temas tan variados y estimulantes como el desarrollo de la psique infantil, la transformación del concepto de la infancia en los últimos tres siglos o el valor ético que tiene la lectura en el niño, y si realmente ésta influye o no en su conducta y de qué modo…
A pesar de que este apasionante debate no será tratado directamente en el taller La lectura del ilustrador, cuando asumimos los cuentos clásicos como la materia prima que orientará nuestro trabajo, le estamos planteando al ilustrador participante una toma de posición acerca de cómo concibe la literatura infantil, cuál es su imagen del niño y en qué consiste su aporte. 
Los cuentos de los Hermanos Grimm, de Andersen, de Perrault, de Afanasiev... no sólo tienen una serie de resquicios narrativos, historias paralelas y acontecimientos maravillosos que nos invitan a contar a partir de ellos. Además, abordan aspectos como el sentido del sufrimiento, las dinámicas familiares y los conflictos inherentes a ellas, el miedo y la aceptación de la vulnerabilidad, la elaboración del duelo, las pérdidas inherentes a los períodos de transformación... que le brindan al ilustrador la posibilidad de aportar una interpretación personal y, por lo tanto, única. De tal modo que el lector además de dialogar con un texto, pueda dialogar con la lectura que un ilustrador ha hecho de éste.
Si los cuentos tradicionales nos invitan a apropiarnos de ellos, en este taller nos centraremos en estrategias de apropiación. Para ello pondremos en cuestión algunas ideas preconcebidas, mecanismos inconscientes y lugares comunes; ahondaremos en el modo más idóneo de comunicar eficazmente nuestra interpretación y experimentaremos en torno a la utilización de modelos narrativos no secuenciales. Todo esto lo haremos desde el juego, el intercambio y la lectura. Realizando dibujos en dos y tres dimensiones.

Dos sesiones mensuales en grupo + una individual.
Duración: Tres meses. 120€ al mes = 360€
Día viernes de 18:00 a 21:00. Empezamos el 19 de septiembre.
Sólo son ocho plazas.
Información e inscripciones:
gustavopuerta@gmail.com

viernes, 23 de mayo de 2014

Carta de amor

Llega a mis manos este hermoso texto que escribió Massimo Desiato. Me sobrepongo a la sensación de estar violando la intimidad ajena y comparto con Uds. una carta que muestra una forma de ser, estar, sentir y reflexionar que encarnaba Massimo.
[Gracias, Ma. Fernanda por compartirlo]



Mallorca 27 de julio de 2003,
Once y cuarenta y cinco de un tiempo circular


Amor mío, Ferdi

No por pudor, sino por no encontrar un lenguaje adecuado para la escritura de nuestro encuentro, demoré esta carta. La he pensado tantas veces como una carta total que terminó por deshacerse en la inanidad de lo absoluto. Te la escribo, entonces, desde la fragilidad y la precariedad de la condición que nos es propia, fuerte, por lo demás, de saberse victoriosa del temor a la finitud.

Como un visión borrosa, pero cierta, responde esta escritura a tu primera carta del “nuevo mundo”, de indios y conquistadores; tu carta brotada como locura de cuerpos todavía sin lenguajes, mudos, sin caricias, pero plenos de sombras que debían ser iluminadas por la paciente espera del beso de los amantes, que cuando los labios se tocan, las almas tiemblan, y lejos vuelan, atemorizadas por tanto atrevimiento. Agazapadas, estas nuestras escrituras, demandaban otros tantos cuerpos, sin fisuras y compactos, compactos de intersticios y laberintos donde jugamos a perdernos y encontrarnos, y encontrarnos otra vez.

Carta de la madurez, carta de la extremidad, carta de los límites que ya no se sobrepasan, sino que como barcos arrullándose, se mecen en la tranquilidad de alguna ensenada solitaria, de pronto habitada por mágicas sonrisas de pálidos atardeceres y marcados olores.

Carta de la mar, que siempre amé en borrasca y que siempre ahuyentó a todo aquel que se acercaba; carta en la que buscaste la tormenta y te apoderaste de ella, mostrándomela como espejo que súbitamente todo calma, por tu imagen en calidoscopio, siempre descompuesta y puesta en su sitio por los millares de colores que la conforman.

Afuera la noche es tranquila, y no es tropical, pero perfuma este mediterráneo, nuestros olores de amor, de fragancia tan intensa que ninguna brisa puede alejar. Mediterráneo tropical de noche soñada a tu lado, de tu cuerpo dormido al lado del mío, igualmente soñado, pero inquieto de búsqueda, inquieto de ti y de ti entrecortado.

Te escribo esta carta para que reposes tu rostro en ella, para que, como tonalidad anímica constante, te envuelva con todo lo que hemos perdido y sobrevivido, perdido y superado, perdido y revivido, traído de agitadas otras noches, de abrazos y bocas entreabiertas que no desean devorar sino alimentarse, mutuamente, en aguas goteantes, en goteos de amor, en lances de desesperaciones apaciguadas por pureza de inocencias conscientes y, por ello, tan poco inocentes de lo sabias que son.

Carta de la noche en que fui hombre y mujer, y luego mujer que desea la plenitud de un fruto tan prohibido como justo. Justo era comer de él, del fruto que me diste, del fruto que ha de comerse y que la ley de los hombres prohibía cual dios que no deseaba la intemperie y que no era aún dios, sino ídolo deshumano, ávido de sacrificios impuros, asustado por nuestras intemperancias.

Y esa noche de la antigua carta, nos servía de puente hacia la infinita finitud de nuestros instantes, esa noche, concebimos, y luego concebimos en posada de paso para extranjeros que retornan a su extraña casa, a extrañas colinas encubiertas de neblinas matutinas, de otoño tímido tocando a las puertas del verano para disculparse de que se va a ir hacia la primavera sin pasar por el invierno. De colinas de antiguas civilizaciones, de puertas que todavía nada sabían de arcos, y que arcos conocieron con el sol meridiano de la “civitas” romana, y de nuestros pasos y sus ecos resonando entre ecos de tiempos que fueron y son, de otros hombres y mujeres que en la luna tenían su signo. Y el sol y la luna, las legiones triunfales del águila romana calzando la luna etrusca descalza, nos han conducido a ese nuevo incierto, pero desde siempre conocido, rostro del hijo que somos, que nos une no para siempre, sino siempre y sólo cuando nuestro amor lo habita.

Nombre le pusimos, nombre de otra ciudad encantada por nuestras flores extraviadas, flores que no marchitan sino florecen a cada instante y nada desean saber de eternidades impuestas. Nombre de aquel que la pisó y la fundó, de un conquistador menor, de unos indios sin nombres, de barcos que te trajeron para mezclarte, tu, hija de eso barcos, yo que de ese barco me había bajado en puerto atormentado, conociendo del calidoscopio la sabiduría de los colores en rápida mezcla, en fluir y fluir, para nada estático y sin el dinamismo devorador de los instantes atemorizados de su propia fuga.

Carta de la lucha, carta de la guerra, carta que se escribe habiendo rechazado todo lo otro que nos invadía para separarnos y que separado de nosotros con un solo gesto de cuerpos enroscados, fundidos en sudores irreales, en sudarios que no dejan huella divina sino sólo humana, finita, mortal, - que no conoce la vida quien no ha morado en la muerte, que de la muerte ha extraído vida, y la ha dado como elección suprema que no redime el mundo, sólo le otorga otra oportunidad – ha sabido vivir lo otro sin antagonismo, que se ha mecido cual barco que ya no trae esclavos sino hombres libres, libres de humanidad y de hipocresía, hombres que saben de su superficial y siempre abierto abismo a las fuerzas de la sombra sin noche.

Noche del trópico que se cuela en la ensenada mediterránea. No sé adónde nos conducen,  pero siento “en la noche oscura de mi corazón / como gota tu nombre lento / circula, cae / y rompe, y desarrolla su propia agua”.


El mundo no nos ha rechazado; nosotros lo hicimos, porque no estuvo – no puede estar, nunca estará - a la altura de cuerpos engendrando con su espíritu otro cuerpo y otro espíritu, como milagro,  la entrega, donde toda penetración es una flor abierta, una carta abierta, un papel blanco que retrocede bajo la escritura, la escritura del beso y del amor, el amor y el beso de la escritura que cada noche, leída, vendrá a habitar y cobijarte, a habitar y descubrirte, a habitar como brisa oceánica de una mar plena y en calma.

Podré, ahora, ingresar en esa mar, dejar que me sumerja con su inmovilidad apenas quebrada, inmovilidad líquida de tu nombre lento, circulando, cayendo, dejando atrás la oscuridad de mi corazón, rompiendo y desarrollando su propia agua:

Nuestro hijo Diego Massimo, amor.
        
Massimo Desiato



lunes, 27 de enero de 2014

«Y esto, ¿es para niños?»


De un libro para niños se espera que sea una lectura simple y de fácil comprensión. Se evitan los planteamientos complejos, los argumentos que propicien variadas interpretaciones y, en general, las referencias que se alejen del ámbito infantil. Detrás de esta convención encontramos tanto la preocupación adulta por cuidar al niño y resguardarlo frente a experiencias negativas, como una actitud condescendiente incapaz de aceptar que los niños son capaces de responder a una realidad que nos resulta extraña, que pueden hallar sus propias interpretaciones sin necesitar nuestra mediación y que tienen menos prejuicios que nosotros.
«Y esto, ¿es para niños?», constituye una reacción habitual frente a los libros que no se ajustan a los motivos recurrentes del subgénero infantil. Quien pregunta esto, no está preguntando. Al contrario, reacciona ante aquello que cuestiona su noción de lo-que-es-para-niños para a continuación espetar: «Eso no lo entiende un chaval». Se trata de una actitud semejante a la adoptada por quien sostiene: «Esto lo hace mi hijo de tres años» frente a un miró. Ambas reacciones son una respuesta indulgente ante algo que produce inseguridad. En ambos casos se descalifica lo considerado “extraño” al tiempo que se minusvalora al niño.
La infancia fue uno de los principales motivos de investigación del recientemente desaparecido Carlos Pérez (1947-2012). Comisarió extraordinarias exposiciones dedicadas expresamente al tema, entre las que destacan Promesas de futuro, dedicada al libro infantil en la URSS, y Los juguetes de las vanguardias. Pero también advertimos su interés por el niño y por llegar al niño en las muestras que dedicó a asuntos en apariencias tan lejanos del mundo infantil como el personaje de los neumáticos Michelín: Bibendum, o las fotografías de Karel Capek. A pesar de que no consiguió mantenerse en el tiempo, su proyecto de talleres didácticos en el IVAM marcó un hito en la pedagogía museística, Pérez rechaza la idea del niño como espectador pasivo y le dota del entorno apropiado para que se convierta en creador activo que reflexiona, experimenta y juega a partir de la obra de Hausmann, Schwitters, Satie...
«Y esto, ¿es para niños?» podrá preguntarse el adulto que tome en sus manos el último título de Carlos Pérez, publicado por Media Vaca en su colección Grandes y pequeños. Y es que efectivamente Buffalo Bill Romance no es un relato simple ni de fácil comprensión, como tampoco lo fueron las vanguardias artísticas, el siglo XX ni lo es la misma infancia. Lectura fluida y sorprendente, su dificultad no radica en cómo se cuenta ni en lo que se cuenta, sino en el alcance trastocador de sus ideas. Además, la obra tiene una densidad circense. Aborda un universo circular en el que caben la belleza y la deformidad, el prodigio y la miseria, lo comercial y lo artístico, lo popular y lo exótico... Su cartel-sobrecubierta anuncia por un lado una crónica muy ilustrada y, por el otro, pregona un listado de héroes y villanos que aparecen en el libro: Calamita Jane y Victoria I de Inglaterra, Eiffel y Huidobro. Ochenta fotografías tamaño carné componen las guardas y una heteróclita galería de personajes cuyas hazañas son hilvanadas por una maravillosa crónica que responde a la máxima ramoniana: “De la carambola de las cosas brota una verdad superior”.
Dani Sanchis tuvo la tarea de ilustrarlo y se abocó a ella con la misma sensibilidad arqueológica de Pérez, aunando lo propio, lo conocido y lo encontrado en esta crónica-collage. El valor pedagógico de la obra no se halla en la fresca erudición que se extiende en las notas a pie de página ni en la destreza de su autor a la hora de actualizar el viejo lema que incita a instruir deleitando, sino más bien lo encontramos en la invitación a “ver” de otro modo, a ampliar perspectivas, a crear relaciones y a volvernos partícipes del relato explorando sus referencias, asociaciones y ramificaciones. ¿No es exactamente eso lo que deberíamos esperar de un libro para niños?

Buffalo Bill Romance
Carlos Pérez, Ilustraciones de Dani Sanchis
Valencia: Media Vaca, 2012

(Publicado en Babelia nº 1157. 25/01/'14) 

jueves, 2 de enero de 2014

Trece libros en el dosmiltrece

Animales domésticos  
de Jean Lecointre (Ekaré)
El collage trasciende su condición de técnica y así, una suma de historias y personajes se ensamblan en una salvaje parodia pop de atmósfera cinematográfica donde el absurdo, el humor y la emotividad hacen del álbum una suerte de fotonovela.
ilustrado por Franciska Themerson (Media Vaca).
¡Qué fácil es atravesar espejos!, ¡Qué difícil es atravesar espejos! Lo que encontramos aquí son imágenes que reflejan imágenes que reflejan imágenes... que nos reflejan a nosotros. Sigamos pues tras la pista de Carroll, de Themerson, de Ehrenhaus, de Ferrer y a ver qué atravesamos.

de Carlos Pérez y Dani Sachis (Media Vaca).
Los editores califican a esta obra de crónica, quizás el neologismo de Gómez de la Serna pegastoscopia sea más indicado. En todo caso se trata de una aventura, de un viaje, que emprendemos a lo que fue, lo que pudo haber sido y de lo que todavía podemos conocer. Increíble.
Edición de Víctor Pliego de Andrés (Fundación Francisco Giner de los Ríos).
Solamente el título nos puede dar mucho que pensar. Aislemos los sustantivos y reflexionemos individualmente sobre cada uno de ellos: CANCIONERO - POPULAR -INSTITUCIÓN - LIBRE  - ENSEÑANZA. ¿Qué significan para nosotros? (Las respuestas en el interior del libro)

Le cirque animé  
de Mentzel (Album du Père Castor - Flamarion)
Recuperación para armar. Animar también significa dar alma y este circo, mecánico y de papel no sólo propicia el juego y la representación sino que asienta conocimientos y técnicas que repercutirán en nuevas creaciones e historias.
El coche de bomberos ligeramente defectuoso  
de Donald Bathelme (Narval)
El sinsentido es perturbador y hay lectores a quienes nos gusta que nos perturben. Cuando suspendemos el afán de comprender también hay algo de placer, de dejarse llevar y ser movido y conmovido. ¡Qué difícil es ser fiel al sinsentido y qué bien lo hace Bathelme!

de Grassa Toro y Pep Carrió (Tragaluz)
Bestiario de conquistadores. Recupera la voz. La voz que narra proezas, la voz que subyace a las habladurías, la voz que persiste a la letra impresa. Más que hombres de carne y hueso, se trataba de hombres de madera y metal. ¿Memoria histórica?
de Juan Kruz Igerabide y Elena Odriozola (Nerea).
Emprende el diálogo con la tradición para apropiarse de ella y en este viaje de ida y vuelta confluyen legados diversos en la (¿interminable?) búsqueda de la identidad. Imaginario, libro para compartir que es el resultado de experiencias compartidas.

El pequeño Rey Maestro repostero  
de Javier Sáez Castán (Ekaré).
Es el personaje que más me interesa de la literatura infantil española: creativo, inquietante, tierno, despótico, manipulador. Me fascina la capacidad del autor de crear una estructura común a la serie que además de funcionar, consigue permanecer oculta.
de Heinrich Heine – Peter Schössow (Lóguez)
He asistido una y otra vez a esta función que siempre me revela nuevas sorpresas. Schössow es un maestro de contar con las palabras del otro, maneja el lenguaje del álbum como pocos y siembra la inquietud en el espectador. Esta es su obra de mayor formato.

Romance 
de Blexbolex (Zorro Rojo)
Ya su título lo revela, aunque muchos no reparen en ello: se trata de un romance. Y, dato curioso, se puede narrar sin verbos. Leerlo ha sido una bofetada. Es fascinante. Una lección, un juego, un experimento, en definitiva, un romance.

de Homer Lane (Bonobo Press)
Libro producto de la observación que aguza nuestra capacidad de ver y de vernos. Daniel Haskett es su artífice, en una propuesta que se enarbola como llamado de atención sobre el significado y el sentido de la libertad en la vida del niño y en la nuestra.

de Iban Barrenetxea (A buen paso).
Si un lector se aventura a entrar en las tierras de Barrenetxea, se topará algún personaje pícaro y otros muchos que no lo son tanto, cuyas historias tienen la virtud del sonido, la risa y la paradoja. Y cuyas ilustraciones tienden a salirse de la página para reclamar nuevos libros y lectores.

viernes, 20 de diciembre de 2013

La Navidad, más allá de las fronteras de la religión

Auca realizada por Juan Kruz Igerabide y Elena Odriozola a partir del libro Eguberria (San Sebastián: Nerea, 2012) y publicado a propósito de la exposición en el Centro Cultural Monte Hermoso de Vitoria.
Hace ya tres años que coordiné un número monográfico de la revista Educación y biblioteca dedicado a la Navidad (Puedes descargarlo aquí). No soy creyente y desde el ateísmo me resulta cuando menos problemático decidir qué hacer con las celebraciones y los ritos navideños. El tener una hija que disfruta plenamente con las fiestas, e incluso con los relatos cristianos, cambió mi modo de ver las cosas. Las preguntas que entonces me hice, aún hoy me las planteo:
¿Qué sentido tiene para una familia laica celebrar la Navidad?, ¿es legítimo apropiarse de una tradición de origen religioso y despojarla de esta condición?, ¿sobrevive su trasfondo simbólico si despojamos a esta festividad de su anclaje confesional?, ¿qué es exactamente lo que deseamos celebrar? y ¿qué es lo que queremos compartir con nuestros hijos?
De la investigación, conversaciones e intercambios que supuso la elaboración de este dossier y de la posterior recepción de la revista (en algunos casos muy acalorada) llegué dos conclusiones. La primera, es la certeza de que es importante darle continuidad a un legado cuyo valor, en mi opinión, trasciende lo confesional, atañe a la dimensión simbólica y constituye un pilar cultural. La segunda es que hoy más que nunca hay que reivindicar la libertad de conciencia, la libertad de credo y la libertad de pensamiento.

En este sentido, con el tiempo he sentido la necesidad de  reapropiarme de la Navidad. Hacerla de uno y recrear las tradiciones. No suelo encontrar muchas personas que compartan esta ideosincrancia. Sin embargo, el año pasado salió un libro que creo que va en esta dirección y en mi opinión no ha tenido la atención que merece. Detrás de él están Juan Kruz Igerabide y Elena Odriozola. Se titula, Eguberria y a pesar de la exactitud de su subtítulo: Tradiciones, canciones y cuentos navideños del País Vasco, hay algo en esta descripción que se queda fuera: la necesidad de sus autores de concebir la Navidad más allá de las fronteras de la religión y relacionarla tanto con el fenómeno astronómico que está a su base (el solsticio de invierno) como con las tradiciones vascas antiguas e incluso incorporar cantos e historias para una navidad laica. Todo ello, claro está, sin renunciar a narrar la historia del nacimiento de Jesús y, sobre todo, otorgándole una especial presencia al mismo acto de la transmición oral, representado en este caso por la relación entre una abuela a su nieta.

Aquel número de Educación y Biblioteca también incluía un especial sobre las aucas y aleluyas (aquí les ofrezco otra oportunidad para descargártelo). Una curiosa coincidencia, ya que con motivo de la exposición que el Centro Cultural Monte Hermoso le dedica al trabajo que hizo Elena Odriozola para este libro, ha publicado un auca en el que se  reordenan las ilustraciones de Eguberria y Juan Kruz aporta un nuevo texto.
Navidades y aucas, dos modos de dialogar con nuestro pasado y de brindarle a los niños la ocasión de experimentar  nuestras raíces y hacerse partícipes de una identidad compartida.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

De la tarea al libro: Recuerdos en el paladar

Libro Recuerdos en el paladar

Es significativo que las asignaciones que los estudiantes deben realizar en casa se llamen «deberes» o «tareas». Ambos términos implican tanto la obligatoriedad de la actividad, el trabajo estipulado externamente, así como el esfuerzo que requiere su realización. Así, parece que el deber se contrapone a lo que deseamos, a lo que nos resulta placentero y por eso es que, desde la escuela hasta la universidad, asumimos que las tareas son  “algo que hay que hacer”; así, sin más, porque nos los mandan y porque debemos obedecer.
Poco importa que tales asignaciones tengan poco o ningún sentido para nosotros, que repercutan poco o nada en un aprendizaje real, que sean motivo habitual de conflictos familiares, frustración y sensación de alienación y que detrás de ellos se refuercen estructuras de poder y de sumisión acrítica.
De joven detesté los deberes y cuando comencé a dar clases se convirtieron en un verdadero motivo de conflicto. He pasado por muchas etapas y, por fin, creo que los deberes tienen su lugar en mi práctica pedagógica. 
A la hora de concebir una tarea parto de la identificación del deber y el juego. Para mí siempre tienen que constituir una actividad libre en la que los participantes asumen voluntariamente una serie de reglas y cuyo objetivo principal es la exploración, la interacción y el placer.
Este es un ejemplo de una tarea que les propuse a mis alumnos del Máster en álbum infantil ilustrado:
“Querido” alumno:
He pensado que sería bueno para su formación que traiga hecho el siguiente ejercicio para la próxima clase:
Ilustrar una receta
Instrucciones:
1)     Sólo puede utilizar los tres lápices de colores que usted elija (faber castell o equivalente) + lápiz normal.
2)     Cada uno de ustedes, en secreto y sin decírselo a nadie, ilustrará su receta, escogida libremente y sin ningún tipo de constricción (salvo los colores). Dispone de una o más páginas formato DIN3 (ya ven, hay otra constricción). Siempre abarcando toda la hoja y trabajando en formato apaisado (cada vez se van añadiendo nuevas constricciones). Antes de venir a la clase debe meter estas páginas en un sobre que cerrará (preferiblemente con un sello lacado) y en el que no indicará su nombre. Los alumnos de formato on-line podrán enviarlo vía correo electrónico a Elisa, de modo que no sepa de quién es cada trabajo.
3)     Cada uno de ustedes, en secreto y sin decírselo a nadie, escribirá un texto entre 1200 y 2000 caracteres (espacios incluidos), en el que explique el motivo que le llevó a seleccionar esa receta, el significado que este plato tiene para usted, etc. Antes de venir a la clase debe meter este texto en un sobre que cerrará (preferiblemente con un sello lacado) y en el que indicará su nombre en letras mayúsculas y legibles. Los alumnos de formato on-line por favor háganselo llegar vía mail a Elisa, para que ella tenga todo el material.
4)     Aquellos alumnos que quieran disfrutar de un trato preferencial por parte del profesor, y presumiblemente de parte de la organización del Máster, pueden elaborar el plato en cuestión para ser degustado y sometido a la crítica, siempre y cuando consigan transportarlo en un recipiente que oculte su contenido a la mirada fisgona de sus compañeros de clase.
5)    Espero que todo haya quedado muy claro y que no tenga nada que explicar. Si hay algo que no entiende, vuelva a leer las instrucciones. Si persiste en la duda, y no tiene reparo en asumirlo ni siente vergüenza en molestar al profesor, puede contactarme vía plataforma (que si la pregunta es pertinente le responderé).
Atentamente,
Don Gustavo Puerta Leisse

Ilustrar una receta puede ser en sí un ejercicio bonito, con resultados igualmente atractivos. Sin embargo, a mí como profesor me interesaba recalcar tres cosas. En primer lugar, una receta ilustrada tiene aspectos formales semejantes al libro álbum, como lo son la relación texto imagen, la secuencia, la elipsis, la unidad de sentido, la importancia narrativa del formato... En segundo término, cuando tenemos que explicarle a alguien cómo cocinar algo es necesario tener en cuenta al  interlocutor. En este sentido, asumimos de un modo u otro la figura de nuestro destinatario. Por último, también me interesaba ver qué alumnos y cómo conectaban con sus recuerdos de infancia a la hora de seleccionar su receta. 
Así, con este ejercicio pudimos aproximarnos indirectamente a tres rasgos que considero fundamentales en un libro-álbum: el dominio de un lenguaje, la consideración del interlocución y el tener algo propio que contar. Así como evaluar fallos y problemas en alguno de estos ámbitos. En particular, pudimos comprobar cómo los textos conseguían transmitir experiencias e impresiones que no se representaban en las ilustraciones. Ello nos llevó a reflexionar acerca de nuestro trabajo como ilustradores y a desarrollar una nueva tarea.
El resultado de ambos ejercicios fue verdaderamente interesante y pronto surgió el proyecto de convertirlo en libro. Llevar a cabo esta nueva tarea, supuso en sí mismo otro enriquecedor proceso de aprendizaje. Ha pasado un año desde entonces y gracias a la perseverancia de Ana Delgado y Andrea Sanz el proyecto Hasta en la cocina sigue vivo y pronto se autoeditará en un libro que reúne los quince recetas-narraciones-ilustradores. Su financiación depende de nosotros. Apóyalo en Verkami y disfruta de esta obra colectiva.
Libro Recuerdos en el paladar